APADESHI Asociación de Padres Alejados de sus hijos
EL SÍNDROME DE ALIENACIÓN PROFESIONAL
Y
LA RUPTURA INNECESARIA DE LA FAMILIA.
(Publicado en la Revista La Ley en 7 de marzo del 2002)
Sumario: 1.- De la sociedad anterior a la sociedad actual. 2.- La ruptura innecesaria de la familia. 3.- El profesionalismo. 4.- La resolución de los dilemas. 5.- El síndrome de alienación profesional. 6.- La destructividad como falacia argumentativa.- 7.- El perfil del experto en asuntos de familia. 8.- Evaluación conclusiva. 9.- De la sociedad actual a la sociedad futura.
1.- De la sociedad anterior a la sociedad actual.
Asistimos hoy a la aguda crisis del vínculo social cuyo
contrapunto dialéctico es la cohesión social. Esta es multifactorial siendo
uno -no el único- de los factores (cruciales) la familia, célula básica de la
sociedad o unidad social básica.
La ruptura familiar generalizada que exhiben estos marcos temporales comprende
el divorcio de los casados, la separación de los no casados convivientes y el
distanciamiento de los no casados y no convivientes que, cuando existen hijos
menores, en sus consecuencias humanas y sociales se equiparan.
A la sociedad, cualquiera fuera la época, el divorcio jamás le ha resultado
indiferente. Si bien históricamente la religión ha sido un severo pautador las
leyes civiles siempre han establecido condiciones limitantes que han operado
como restricciones.
En el presente la actitud individual y colectiva ante la ruptura familiar no
resulta comparable a la experiencia de la sociedad anterior por ser de talante
mucho más tolerante. Se trata liminarmente de dos sociedades distintas por
estar iluminadas por diferentes constelaciones epocales siendo propiamente dos
mundos.
La ruptura familiar como final de la unión de la familia siempre ha sido vista
con disfavor por su repercusión en lo personal y en lo social. Sin embargo, los
divorciados ya no sufren interiormente los profundos y prolongados sentimientos
de culpa o desestima propia que antaño se vivían ante un fracaso matrimonial
(1).
La familia y la sociedad constituyen un eje en interacción
permanente. Consecuentemente, el tejido social cimbra cuando una de sus células
se enferma, accidenta y/o desintegra, con mas razón cuando son muchas las células
del entramado que se pierden como ocurre en las sociedades que registran el
divorcio en gran escala.
En los elevados porcentajes de divorcios y separaciones registrados en nuestros
días las estadísticas no desglosan situaciones diversas -los casados, los
convivientes no casados, los no convivientes no casados, con hijos matrimoniales
o extramatrimoniales- incluidas en el divorcio generalizado.
A raiz de la ruptura familiar los adultos pueden encarar otros proyectos vitales
(de índole familiar) redefiniéndose las (sus) relaciones de familia (nuevas
uniones, nuevos hijos, nuevos vínculos) y las (nuevas) relaciones sociales,
todo lo cual resuena en la sociedad.
No obstante, la ruptura familiar como forma admite distinciones, a saber: la
ruptura que es inevitable y la ruptura innecesaria -que es evitable-,
respectivamente.
La ruptura inevitable es la que se alza como una salida para los infelices, el
alivio ante la convivencia insoportable, cuyas causas y efectos exceden el
objeto del presente estudio que focaliza la atención en la ruptura innecesaria,
aspecto no profundizado pero de altísimo interés humano, social y profesional.
Comprende el rompimiento que era evitable, el de quienes se separan pero que podían
haber seguido unidos, aunque con ajuste. Se extiende a la ruptura que, siendo
inevitable, ve intensificados sus términos configurándose la hipótesis de
ruptura agravada. Dentro de los divorcios y las separaciones de los últimos años
estas rupturas constituyen una forma de desastre familiar, cuyos efectos se
disparan y expanden en haces aleatorios. El significativo segmento que
representan ha de ser la piedra de toque en la hora actual desde que las mismas
son rechazadas abiertamente por todas las sociedades.
Muy frecuentemente la ruptura familiar no es consecuencia de insuperables
contradicciones internas sino de la desacertada modulación de la controversia
por parte de los expertos en asuntos de familia. Su enfático accionar sin
rendición de cuentas ha contribuido a que la familia en los últimos años se
haya convertido en una entidad litigiosa (2) lo que remite necesariamente a los
intermediarios en los litigios (expertos, profesionales, especialistas,
moduladores, operadores, funcionarios) y a las profesiones (especialidades,
metodologías) (3).
Sin que sea objetable desde el punto de la competencia profesional (mala praxis)
la praxis de los expertos, sin ser mala ni buena puede perjudicar, es la praxis
perjudicial (4). No requiere de violaciones ni de notorios errores que los
mecanismos existentes de responsabilidad son incapaces de develar o corregir
(5).
Las profesiones se han hecho esenciales para el
funcionamiento mismo de nuestra sociedad. Nos dirigimos a los profesionales para
la definición y solución de nuestros problemas. Con tal que la dirección de
la sociedad dependa de un conocimiento y una competencia especiales, habrá un
lugar esencial para las profesiones (6).
Las profesiones se basan en el conocimiento sistemático (especializado,
firmemente establecido, científico y estandarizado). Se sustenta en la
existencia de uniformidades suficientes en los problemas y en los mecanismos
para resolverlos como para cualificar a los que los solucionan como
profesionales. La práctica profesional es una actividad instrumental
consistente en resolver un problema basado en el paradigma de la racionalidad técnica.
Enraíza en el positivismo de finales del siglo XIX que se desarrolla en la
universidad moderna (7).
Una profesión -sobre todo en las principales- se basa en la administración
repetitiva de los mismos tipos de problemas. Profesiones (principales) como la
Medicina, la Ingeniería y la Abogacía ajustaron en forma fiable los medios y
los fines para resolver sus problemas.
El profesional es un proveedor de servicios y los beneficiarios son los clientes
(pacientes, estudiantes, personas asesoradas, asistidas o casos). Las
profesiones se enfrentan ahora con una exigencia de adaptabilidad sin
precedentes entre el cuerpo de conocimientos que deben utilizar y las
expectativas de la sociedad.. En el mundo real los problemas son confusos o más
complejos y menos claramente definidos para el profesional. Son verdaderos
"revoltijos" que plantean conflictos de valores (8).
Algunos críticos han tratado de mostrar que los profesionales llevan a cabo una
malversación del conocimiento especializado en su propio interés y/o en el
interés de una elite poderosa, pendientes como están de conservar su dominio
sobre el resto de la sociedad. No tienen un interés real en los valores que los
profesionales supuestamente promueven y en las normas que predican y (en su acción)
son ineficaces. Las soluciones defendidas por expertos profesionales se vieron
como las causantes de problemas tan malos o peores que aquéllos que habían
pretendido resolver (9).
En materia de asuntos de familia cabe indagar si la acción profesional responde
apropiadamente a la (creciente) litigiosidad interna que exhibe la familia, si
ha contribuido a que la familia se haya convertido en una entidad litigiosa, si
su accionar es parte -operando los casos- de la litigiosidad general y asimismo,
si lo que parece fracaso profesional resulta éxito profesional para el experto.
En ciertas situaciones problemáticas el modelo del
conocimiento profesional y la racionalidad técnica basado en el paradigma
formal resulta incompleto. Los conflictos de familia presentan notas únicas
porque lo humano como fenómeno se enfrenta con la libertad del hombre que
escapa a todo determinismo, de cara siempre a lo original e insólito.
Son justamente los problemas del mundo real, las cosas de la vida, donde el ser
humano aparece en su dimensión personal como ser concreto (histórico, social,
vivo, libre, trascendente) y no como sujeto epistémico. Paralelamente, cabe señalar
que no existe relación más compleja que la conyugal. Toda visión de las
relaciones humanas intersubjetivas en ese grupo pequeño, íntimo, doméstico
que es la familia muestra que las situaciones del vivir son siempre caleidoscópicas.
El comportamiento humano en caso de disputa a resolver no ofrece un problema
sino un dilema. Implica un conflicto de valores, metas, propósitos, intereses.
El campo es eminentemente heurístico (10), no algorítmico -o algoritmizable-
en que el algoritmo se manifiesta como un camino exacto o estandarizado para
alcanzar el fin (único), algo así como una receta (o recetario).
El esquema tradicional de resolución de los conflictos de familia parecería
confundir los campos, que recurre en lo heurístico a los algoritmos y que trata
el dilema como problema. Centrado en la resolución, durante la modulación de
la controversia el esquema clásico prescinde -selectivamente o no- de lo
relevante que son las consecuencias humanas. En realidad es el hombre y no el método
y, a contrario, se da la situación de que los medios destruyen el sentido y razón
de ser (11).
Se trata del síndrome propio del profesionalismo, el cual no
reconoce referente y del que pueden derivarse otros síndromes. En tiempos de
elevadísima diversificación profesional tiene entidad como para constituir una
categoría propia.
Un alto grado de especialización puede conducir a una estrechez de miras e
infligirse a los clientes las consecuencias de la limitación y rigidez del
profesional quien resulta dañino. Algunas veces, la gente añora al profesional
general de antes interesado en el paciente en su totalidad (12).
El síndrome se presenta en los casos a resolver en que hay personas
involucradas. Se lo visualiza cuando en la situación problemática se
reinterpretan los sucesos, se acciona sobre falsos problemas o problemas
artificiales, se cae en el encorsetamiento dentro de un universo conceptual
distanciado de la (nuda) realidad y de las vivencias personales pudiendo
recurrir a caminos ilícitos pero legales (o legalizados).
El experto apela a la categorización a través de filtros interpretativos
estereotipados, moldes, etiquetamientos, encasillamientos, perspectivas, al
extremo de encajar las situaciones (fenómenos) en sus rigideces conceptuales
sin importar(le) la no pertinencia (o impertinencia).
El profesional puede lavar el cerebro a su cliente a través de la persuasión
confundiéndolo, condicionándolo, predisponiéndolo, incluso coercionándolo.
Lo manipula programándolo, lo que resulta factible desde la (su) autoridad,
confianza (depositada) y control (social) que ejerce.
El síndrome se patentiza a través de los cursos de acción que canalizan las
estrategias de intervención. Estas son vías efectivas articuladas mediante las
que el experto obtiene por medios ilegítimos los objetivos, los que no se
lograrían por otros medios (lícitos). Es el autor intelectual de las (estratégicas)
líneas de actuación, quien alcanza la máxima viabilidad por la (su) eficacia
conviccional siendo el cliente un factor necesario aunque trivial.
En cuanto al sistema legal en vigor -... porque el sistema lo permite...- lo
cierto es que no hay sistema sin operadores y, a su vez, todo sistema -y modelo
de aplicación- es correctible, ajustable, sustituible; con mas razón si hay
consenso (que es por el sistema).
Los términos del actuar profesional son siempre operativos y sus (adoptadas)
recomendaciones se autopropulsan. El problema (real, artificial; de fondo,
superficial; definido o indefinido) pasa de una fase a otra, el que en su trámite
(formal) se deforma (distorsión, falso problema) y la regulación (gestión y
resolución) del conflicto se formula en el vacío (problema abstracto) a través
de vías fraguadas (exitosas).
El andamiento del accionar experto enclava -y se afianza- en un sistema legal
dominado por el modelo formal que se deslegitima (por sus ilicitudes) en su
misma dialéctica por cuanto las formas (del trámite) legalizan la ilicitud.
Cuando se desmistifican los profesionales -las profesiones, especialidades,
funciones, mecanismos- y se evalúan conclusivamente las consecuencias de los
conflictos resueltos sale a la luz la alienación.
Cuestiones vinculares conflictivas (tenencia, visitas,
contacto y alimentos) entre padres e hijos se asocian derechamente con los
divorcios destructivos, anotándose la destructividad como dato y no como
problema. Pero un divorcio no puede calificarse de destructivo por sus efectos
sino por sus causas, cuyo meollo consiste en saber por qué un divorcio es
destructivo.
En muchos casos la destructividad que se endilga a las partes -o por lo menos a
una de ellas- como si la gente fuera caótica es consecuencia de la desacertada
modulación de la controversia, imputable en cambio a los operadores (13). La
palabra "resolución" es neutra, no significa solucionar o resolver
bien. Cerrado el conflicto suelen surgir los verdaderos problemas, lastre de
disputas mal resueltas, los que quedan abiertos y se profundizan. Otra modulación
habría arrojado otras consecuencias.
La acertada modulación del caso, en vez, resulta constructiva. Durante la gestión
de la disputa pueden removerse los obstáculos y producirse el restañamiento
(prevención); arbitrarse recomendaciones correctivas (ajustes) y activarse las
fortalezas naturales que posee la familia para acotar (a su perímetro) sus
malestares y así poder avanzar vitalmente en lo longitudinal.
Estando afectados los parientes del nudo primario el intermediario debe
preservar siempre su resto emocional -que son las fortalezas naturales de la
familia- para la aclaración, la reconciliación y el perdón (14). Lo otro, su
obturación, permea la destructividad, de por sí devastadora por aniquiladora y
vindicativa, para cuya purga suele no alcanzar una vida entera.
En materia de familia esta en juego lo innegociable: la dignidad, la identidad,
los sentimientos, los hijos, la felicidad, la paz, el destino, los bienes y
valores más caros al ser humano. Reservado originariamente a Dios, aquello (lo
innegociable), en caso de conflicto a resolver, resulta puesto, expuesto y
sobreexpuesto en la mesada casi del espectáculo como si fuera un tesoro
expropiable: acaso lo es?
Cuando la destructividad es considerada como problema surge una distinción
clave: la que conecta con los involucrados en la disputa, de cuyas
personalidades y trastornos no nos ocuparemos y la que conecta con sus
moduladores de la controversia, centro de nuestro estudio.
En el cuadro general los injustos legales son fuente (segura) por la que se
filtra la destructividad que se incrusta en los protagonistas a través de las
consecuencias humanas de las resoluciones. Las mismas quedan fuera del esquema
mental y del marco oficial de actuación de los intermediarios porque su rol se
cumple y su función se agota en el acto de resolver.
La destructividad es la discordia cristalizada constatable en multivariadas
circunstancias: cuando lo cierto es - o puede ser tomado- como no cierto y
viceversa; la verdad aplastada por la obrepción o por el ímpetu de las formas;
la falsa denuncia que prospera; la denuncia verdadera que es desestimada; las
responsabilidades desordenadas; los acuerdos irritantes o de bases endebles; la
represión de los efectos antes que de las causas; las formas legalizadoras de
la ilicitud y la ilegitimidad. Los procesos innecesarios, abusivos,
endemoniados, los lobbies; la inobservancia de las leyes por sus mismos
guardianes; los caminos legales en contrasentido a la verdad, la justicia y la
compasión. El mal consejo en lo profesional, la falta de maduración humana, la
ausencia de sigilo y de austeridad valorativa y la carencia de virtudes
reguladoras en los operadores; la violencia emocional en el destrato, entre
muchas otras causas, todas combinables, acumulables y generativas.
El profesionalismo cuando hay gente involucrada puede ser
peligroso. Lo es cuando se cae desde su rigor científico en la categorización
sistemática que subsume la realidad en los moldes generales que maneja el
experto. Lo relevante pasa por la verticalidad del enfoque, sus firmes (y fijas)
recomendaciones y las (congruentes) conclusiones. Se desentiende de las
consecuencias humanas producidas (y provocadas) y de los (nuevos) problemas
creados al resolver los (problemas) implantados.
La profesionalidad, que se basa en las competencias alrededor de un sistema de
saber, considera que las profesiones pueden resolverlo todo. No obstante, la
ciencia resuelve problemas pero la vida del hombre -ser libre y trascendente-
presenta enigmas.
Lo humano como fenómeno excede cualquier sistema de saber reduccionista y omnívoro
(15). Desde la mirada profesional se corre el riesgo de malinterpretar las
situaciones o manipularlas para servir a los intereses del profesional en el
mantenimiento de su confianza en sus modelos y en sus técnicas estándar (su
utillaje) o en defensa de los intereses de una elite poderosa o de los
(intereses) establecidos (16).
Las sociedades humanas no ponen el conocimiento, con más razón el gran
conocimiento, para beneficio privado (individual o de clase) sino para el bien
común (interés público) porque el éxito (lucro, prestigio) y su afán no es
un valor. Asimismo, tampoco crean instituciones (las establecidas) para la
inercia ni para que cometan excesos.
Quienes atienden los "casos de familia" necesitan mucho más que
credenciales, las que se valoran a través de los títulos que certifican el
conocimiento y la competencia en el campo epistémico particular (disciplinar).
Requieren tener formación o sea poseer orientación en la vida. El criterio
general del decisor demanda otros saberes, los de fundamento, que acercan la
educación, la moral, la filosofía, la religión, la sociología, la antropología,
la ética, el humanismo, lo sociocultural. En el cruce de perspectivas, los
moduladores acceden a la comprensión de la situación problemática que
afrontan y enfrentan en su completud pero sensatamente, más que profesionales
altamente capacitados hace falta que -además- sean buenas personas.
El repertorio del experto debe sumar su propia experiencia (asimilación y
contrastación de los conocimientos y vivencias), el equilibrio de la (buena)
formación, las (desaparecidas) virtudes reguladoras (la paciencia, la
sobriedad, la discreción) descollando sus reservas morales (el capital moral)
para producir en la contextualización altezas; la profesionalización -sin más-
es deshumanización.
La familia hoy es una entidad litigiosa. A ello ha
contribuido puntualmente el mal uso de los buenos instrumentos legales a través
del síndrome de alienación profesional y de la praxis perjudicial, contributos
del profesionalismo, lo que resulta (resorte) disparador, en lo particular de la
destructividad y en lo general de la litigiosidad. En tanto vertientes de la
conflictividad las mismas operan como ondas de realimentación que se cruzan
complejizando en grado sumo los fenómenos.
Las categorizaciones estandarizadas porque todo fenómeno encaja en alguna
interpretación; el lavado de cerebro al cliente a través de su programación;
las vías fraguadas que implementan las estrategias concretas y la
i-rresponsabilidad (social) en caso de praxis perjudicial, por la tradición
pragmática importan una actuación (profesional) sin rendición de cuentas que
el síndrome de alienación profesional transversaliza.
Lo relevante es que la ruptura-desastre como forma provoca nuevos conflictos a
resolver, cuya reproducción eleva la demanda de expertos que, al generarse un
omnipresente sentido de la complejidad de los fenómenos, deben ser cada vez más
especializados. Paradójicamente el segmento social de los profesionales se
nutre y afirma desde la propia falla.
La sociedad actual -al superarse el modelo clásico y socialmente aprobado de la
familia nuclear fundada en el matrimonio- presenta una exuberante variedad de
formas de familia. Al nuevo sistema familiar que se perfila, en buena medida a
partir del divorcio generalizado -de muchísimas personas en muchos países-, le
preocupa la forma de ruptura de la que provienen las (nuevas) configuraciones
familiares. Su suerte mucho depende de la (suerte) que tengan las nuevas
familias porque la re-ruptura no es una hipótesis abstracta, ni remota; tiene
gran chance de ocurrir, con más razón si se prescinde de la causación de los
fenómenos (y de los senderos de la causalidad).
En el cuadro presentado la ruptura-desastre es foco inagotable de rayos
destructivos, son los haces aleatorios ya mencionados que penetran, atraviesan y
fulminan (persecutoriamente) a las personas y sus modos vitales de organización
(posterior) inoculando violencia a la sociedad.
El divorcio destructivo y no la "destructividad del divorcio" sirve a
los operadores como un bill de indemnidad, exculpándose en su praxis
(irresponsabilidad) al achacar la destructividad (inexplícitamente y por
anticipado) a las partes en el conflicto. El profesionalismo elude y esquiva
-porque es su rasgo- la respuesta atinente, sea porque excede sus comprensiones,
sea porque los profesionales no quieren estar -o quedar- bajo sospecha buscando
permanecer indemnes frente a los clientes y a la sociedad, aun a expensas del
caso.
En la ruptura-desastre que se generaliza, tras una pantalla de competencia y
servicio, la acción profesional se alinea en una verdadera industria de la
ruptura familiar, sumamente lucrativa y prestigiadora, de carácter
interdisciplinario y peligrosa, por desestabilizadora y dañina.
En cuanto a la casuística ha de rescatarse su función pedagógica. Lo que la
realidad refracta demandando respuestas criticas superadoras de la descripción
y reproducción de esa realidad para su transformación y mejora. Preguntas
cruciales a formular son: Quién se hace cargo de la destructividad derivada de
la (desacertada) modulación de la controversia, quién asume las consecuencias
humanas y sociales (negativas) del desastre familiar, qué mecanismos
responsabilizatorios caben? o bien, desde la reflexión (y la reflexividad)
repreguntar si estamos ante una actividad irresponsable (alienada) que se
deslegitima (y legaliza) al legalizarse (y deslegitimarse).
La solicitación social de estos escenarios pasa por el
ejercicio profesional justificado a través de la (debida) comprensión de las
pretensiones y los problemas (situación problemática completa y visión
global), de la (equitativa) distribución de los beneficios sociales (valores),
de sus estrategias (correctivas) para la efectiva realización de los (excelsos)
objetivos (oficialmente) declarados, trabajando con las personas (reales) -y
para ellas- en función del interés público (o bien común) como principio
solar.
Junto con la cultura profesional emergente existe una cultura profesional que
aprende y re-aprende de la (mutante) casuística. Encara la gestión
constructiva de las disputas, la (única) que puede poner distancia a la
destructividad y a la litigiosidad superando lo que es innecesario o evitable,
fuente -además- de violencia (cada vez mas cercana).
El conocimiento especial está delimitado por marcos de referencia evaluativos
que llevan el sello de los valores e intereses humanos; por ello, si el esquema
empleado se torna ineficaz y hasta contraproducente, el profesional no puede
reivindicar legítimamente ser un experto en la materia (17).
Los verdaderos ciudadanos profesionales (18) obran de acuerdo a los valores e
ideales predicados, jerarquizan la verdad, la justicia y la compasión,
mantienen el pensamiento activo y una perspectiva cognitiva crítica aplicando
con maestría el sesgo constructivo a sus intervenciones, precisamente porque
están educados. Asimismo, promocionan y propician que las instituciones
(establecidas) cumplan con los fines (de su establecimiento) adecuándolos a las
(nuevas) necesidades de la comunidad y creando otras (instituciones) porque la
sociedad institucionalmente configurada se asegura en la medida de su
fortalecimiento.
En este estadio resulta esencial destacar que la familia después de la ruptura
-y en todos los casos- continúa como unidad de pertenencia por ser el
parentesco institución fundante de las sociedades humanas. Sin embargo, la (ínsita)
destructividad de la ruptura-desastre y la litigiosidad implicada aniquilan en
lo individual la virtualidad del parentesco y en lo colectivo la misma cohesión
social, lo que constituye la (gran) cuenta (pendiente) del profesionalismo a
rendir a la familia y a la sociedad de nuestro tiempo.
CITAS BIBLIOGRAFICAS
(1) El resquebrajamiento de la familia puede que refleje la existencia de fracasos individuales pero cuando el divorcio, la separación y otras formas de desastre familiar alcanzan simultáneamente a millones de personas en muchos países es absurdo pensar que las causas son puramente personales (Cfr.TOFFLER, Alvin: La tercera ola, ed. Plaza Janés, Barcelona, España, 1980, pag. 209).Contáctese
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